Renault Alpine A110
Corría el año 1973 y aunque Europa aún respiraba el optimismo de finales de los 60, señales de cambio aparecían en el horizonte. No solo la sociedad y la economía vivirían una transformación total; la industria del automóvil, en plena catarsis existencial, vería nacer una competición que dejaría atrás localismos e improvisaciones para adentrarse en una nueva era más profesional y global. Ese mismo año nacería oficialmente el Campeonato del Mundo de Rallyes, una nueva contienda que no solo unificaría pruebas míticas bajo un mismo paraguas, sino que también marcaría el inicio de una nueva forma de entender este deporte.
Renault, que acababa de culminar la adquisición total de Automobiles Alpine, participaría en aquel Campeonato con una apuesta novedosa, el Alpine A110, que se caracterizaba por la ligereza, la agilidad y la precisión frente a la potencia bruta de sus rivales. En un contexto en el que los coches empezaban a crecer en tamaño y prestaciones, desde la Régie defenderían justo lo contrario: hacer más con menos.
Desde las primeras pruebas del calendario, el A110 dejaría claro que no había llegado para ser una mera comparsa. Montecarlo, Portugal, Marruecos… el coupé francés había construido una temporada casi perfecta, sumando victorias y consolidándose como el coche a batir en superficies donde la técnica y el pilotaje marcaban la diferencia. Pero sería en Córcega dónde el Alpine daría el verdadero golpe sobre la mesa.


Rally de Córcega de 1973
SCALEXTRIC (TECNITOYS)
"Cuando otros frenaban, el Alpine ya estaba girando"


El Tour de Corse, conocido como el rally de las diez mil curvas, era uno de los escenarios más exigentes del campeonato. Asfalto estrecho, enlazadas constantes, ritmo alto y ningún margen de error. Un terreno donde la potencia perdía valor y el equilibrio lo era todo; el terreno perfecto para el Alpine.
En esa edición de 1973, el dominio sería absoluto. Los A110 no solo serían competitivos, sino que se tornarían inalcanzables. La apuesta de Renault con su pequeño coupé, les permitiría imponer un ritmo endiablado, dominando la prueba por completo y alzándose, no solo con la victoria, sino también con el segundo y el tercer puesto del cajón.
La creación de Jean Rédélé y Giovanni Michelotti había entendido la carretera mejor que nadie durante todo el calendario y sería en esa última prueba en Córcega dónde pasaría a la historía como el primer campeón del recién creado Campeonato del Mundo de Rallyes, demostrando que para ganar un mundial no hace falta ser el más potente, sino el más inteligente en cada curva.
El Alpine de Tecnitoys
Trasladar esa esencia original del coche al slot no era tarea sencilla, pero Scalextric Tecnitoys lo consiguió de una manera muy acertada y coherente. El modelo mantiene unas proporciones muy logradas, con una carrocería que transmite ligereza incluso en reposo, y una decoración muy fidedigna que evoca con acierto las unidades de competición de la época.
A nivel estético el pequeño Renault es una auténtica virguería. Creo que no me equivoco si afirmo con contundencia que es uno de los moldes mejor trabajados y terminados de toda la era Tecnitoys. La pintura y la tampografía son excelentes y los detalles de acabado de la carrocería, sencillamente perfectos.
En el interior, ambos pilotos están reproducidos de manera correcta, con cascos abiertos, tal y como eran en la época, cinturones de seguridad y caras más que aceptables. Por poner un pero, diría que la libreta de notas del copiloto está en blanco, aunque pronto pasaremos ese detalle por alto al fijarnos en las filigranas de la bandeja trasera tan características de los Renault de aquellos años.
En el plano técnico encontramos una configuración clásica, con un motor en línea del tipo RX-41 que entrega unas correctas 15.000 revoluciones por minuto a 12v. No va a ser el más rápido en carreras de aceleración, pero su velocidad es progresiva y alcanza una punta muy aceptable gracias a sus 67gr de peso total. De todos modos, no es un coche pensado para circuitos de velocidad, sino para tramos revirados y curvas cerradas.
La transmisión al eje trasero mediante un piñón de bronce de 9 dientes y una corona de nailon de 27, resulta directa, sencilla y fiable. En este Alpine no encontraremos de serie piezas calibradas ni de competición, pero si disfrutaremos de un eje delantero completo que, aunque adolece de una ligerísima y fácilmente subsanable holgura, siempre será mejor que los semiejes con los que nos "castiga" la nueva SCX.
El chasis es más bien rígido y aunque la carrocería si tiene cierta flexibilidad, el cockpit de plástico impide cualquier tipo de floritura al conjunto. Eso si, aflojando ligeramente los tornillos (3) se obtiene una basculación muy aceptable.




La guía, clásica de Tecnitoys con trencilla en disposición doble, posee la típica suspensión de la casa y resulta suficiente para el correcto desenvolvimiento en pista del Renault.
Las llantas, con un tamaño de 6,5mm R15, son de plástico y lucen preciosas. De serie calzan unos neumáticos rayados de perfil clásico y goma blanda de 8mm R16, que sujetan el conjunto a la pista de manera eficiente y nos permiten, sobre todo tras cierto desgaste, derrapajes controlados en las zonas más reviradas de nuestros circuitos.
Sobre la pista
Llegados a este punto, las cosas comienzan a ponerse interesantes, ya que es en nuestros tramos donde el Alpine comienza a hablar de verdad.
Desde las primeras vueltas, el pequeño francés se percibe como ágil, ligero y muy comunicativo. Cambia de dirección con facilidad y se siente especialmente cómodo en trazados revirados. No es un coche dócil ni para llevar sin pensar, puesto que si entras demasiado fuerte en curva o anticipas mal el gas a la salida, el A110 te lo hará saber. Tiene ese punto vivo que exige atención constante, tiene carácter.
Pero una vez encuentras el ritmo, todo cambia, todo fluye. Las curvas se enlazan con naturalidad, el paso por curva mejora y empiezas a entender su lógica. No es un coche pensado para forzar, sino para acompañar tu disfrute. Y ahí es dónde de verdad radica la magia del modelo.






El Alpine A110 de Scalextric no es el coche más fácil ni más rápido que puedas tener en tu vitrina, pero sí uno de los más gratificantes de todos los construidos en la era Tecnitoys. Premia la conducción fina y la implicación del piloto y a cambio, responde con sensaciones muy auténticas y coherentes con el modelo real del que deriva.
Es un coche con historia, con carácter y con una forma muy particular de entender la velocidad. De esos que no buscan impresionar en la primera vuelta… sino quedarse contigo durante muchas más.
Y es que como en la vida real, hay coches que sirven para hacer vueltas rápidas… y otros que te enseñan a disfrutarlas.














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